No come ningún tipo de carne. Tiene una especialista en dietética que le prepara sus alimentos vegetarianos. Huevos, tomates y pastas figuran regularmente en su dieta habitual. No fuma y figura entre las primeras personas que asociaron el cigarrillo con el cáncer, y aunque nunca mencionó el hecho, un ávido lector como él tenía que saber del caso de Sigmund Freud, fumador empedernido, que sufrió muchos años de cáncer en la boca. Tampoco ingiere bebidas alcohólicas. Y el sexo, por tantos años reprimido, si es que lo practica, parece ser muy limitado y esporádico. Siempre lo había considerado deprimente para las energías y la voluntad. ¿Lo ha sublimado con su también incurable megalomanía y narcisismo, compensaciones a sus propias inseguridades, no siempre superadas?
Su más grave experiencia médica ha sido la extirpación de un pólipo en las cuerdas vocales que resultó benigno. Pero él nunca creyó que lo fuera. Nada sorprendente en un político que ha pronunciado cientos de discursos recurriendo al más histérico histrionismo. También a mediados de los años 30, sufrió de eczema en una pierna del que fue atendido y curado por el Dr. Theodor Morell, a quien desde entonces le profesaría hasta el mismísimo búnker del suicidio la más absoluta confianza quien desconfiaba hasta de su sombra.
No hay una sola condición internacional europea que no lo favorezca. Ha hecho trizas el para Alemania infamante Tratado de Versalles, también el de Locarno y el Kellog-Briand, de los cuales Berlín era signatario, y que obligaban, entre otras cosas, a renunciar a la fuerza en la búsqueda de soluciones a los conflictos entre las naciones europeas. Alemania se había retirado en 1933 de la Conferencia de Desarme de Ginebra y de la Sociedad de Naciones sin ninguna consecuencia; Alemania no podía exceder en más de 100 mil hombres sus Fuerzas Armadas, pero restituyó en 1935 el Servicio Militar Obligatorio, lo cual le estaba prohibido... ¡y nada sucedió!; Alemania no podía emprender una política de rearme, pero la emprendió ¡y de qué manera!; y finalmente, Alemania no podía apelar a la fuerza para recuperar la muy extensa región a lo largo del río Rin, Renania, desmilitarizada por el Tratado de Versalles, lo cual se interpretaría como una flagrante agresión, pero Hitler envió en marzo de 1936 a varios miles de soldados para efectuar la recuperación, tropa que llevaba la orden terminante de retroceder si encontraba alguna resistencia militar francesa. Pero el gobierno de París no fue más allá de una alharaca, eso sí, muy sonora.
SIGNIFICADO DE RENANIA
Es preciso anotar que la remilitarización de Renania modificó moral, sicológica y estratégicamente el mapa político de Europa. Francia, victoriosa pero extenuada en 1918, era percibida por su poderío militar como el muro de contención natural frente a la Alemania nazi, a pesar de su error garrafal de 1934 al formar parte de la titulada y nunca vigente Conferencia de los Cuatro Grandes: Gran Bretaña, Alemania, Italia y ella misma, concebida para una revisión pacífica del Tratado de Versalles y cuyo único "logro" fue provocar otro grandísimo error en un indignado mariscal Joséf Pilsudski, héroe y hombre fuerte de Polonia, que suscribió ese mismo año con Hitler un suicida tratado de no agresión por 10 años, desligándose así del aliado francés y de la estrategia de Seguridad Colectiva. Se trataba del mismo Pilsudski que le había sugerido al nefasto Daladier en 1933, ya Hitler en el poder, un guerra preventiva contra Alemania porque "a la víbora", fueron las palabras textuales que recoge la Historia, "hay que matarla en el nido". Francia antes de sumergirse en un apaciguamiento cobarde, cómplice y traidor había considerado la validez de una guerra preventiva contra el nazismo.
¿Se podía confiar en Francia después de su inacción en Renania, cuando la correlación de fuerzas la favorecía superlativamente? Su prestigio internacional rodó por los suelos. Ya no era la Francia de Clemencau y Poincaré y Briand, cuyos errores frente a Alemania habían sido por exceso y no por defecto como lo fue, por ejemplo, la ocupación del Ruhr en 1923, que hundió a los alemanes en una miseria espantosa a través de una inflación sin ningún paralelo histórico, hecho decisivo en el encumbramiento político de Hitler. La Gran Depresión de los años 30 lo llevaría al poder. Las catástrofes económicas constituyeron siempre una bendición para él.
La Francia de ahora era la de Daladier, que de "radical" sólo tenía el nombre de su partido, de Sarraut, de Blum y del futuro traidor Pierre Laval. La inconcebible pasividad francesa en Renania acercó aún más a la realidad la extraordinaria profecía del mariscal francés Ferdinan Foch al conocer en 1919 los términos del Tratado de Versalles: "Esto no es la paz, es un armisticio por 20 años". Asombroso: la Segunda Guerra Mundial estalló en 1939.
¿ORDENÓ BERLÍN EL DOBLE ASESINATO?
Tampoco era la Francia de Jean-Louis Barthou, el ministro de Exteriores que había concebido y ejecutado una corajuda política de contención frente a Hitler, que incluía un acercamiento a la Unión Soviética, así como un reforzamiento de la llamada Pequeña Entente: Checoslovaquia, Yugoslavia y Rumania. Sin embargo, una trágica circunstancia liquidaría en la práctica esta política de aislamiento y contención de la Alemania nazi. El 9 de octubre de 1934 llega a Marsella en visita oficial, el rey Alejandro de Yugoslavia, único hasta el advenimiento del mariscal Tito en garantizar la unificación de su país. Es recibido, entre otros, por Barthou. Ambos son asesinados a balazos por un croata.
Aunque históricamente nunca se ha confirmado, no resulta descabellado ver en este episodio la mano subrepticia de los nazis. Da la "casualidad" que el asesino pertenecía a la facción de Ante Pavelic, futuro títere en Croacia de alemanes e italianos, el mismo sujeto que llenó de horror a Curzio Malaparte cuando, durante la guerra, en una entrevista con el escritor italiano, le mostró un cesto diciéndole que en su interior había 30 libras de ojos de sus enemigos. Esto, narrado en su obra Kaput, tiene que haber contribuido a que el autor de La piel dejara de simpatizar con el fascismo.
El doble atentado en Marsella tuvo las siguientes consecuencias, todas favorables a Berlín: Debilitar a la Pequeña Entente; provocar una grave fisura en las relaciones entre París y Belgrado; destruir el muro de contención que construía Barthou; debilitar la siempre frágil unidad nacional yugoslava; y sembrar en Moscú la duda, ya nunca superada, sobre el valor de la política de Seguridad Colectiva frente a Hitler de la cual el propio comisario soviético del Exterior, Maxim Livitnov, era uno de sus máximos propulsores.
Hay que anotar igualmente la pasividad de Gran Bretaña. Tampoco hizo nada en cuanto a Renania siendo también parte prominentísima de los acuerdo de Versalles y Locarno, y cuando el año anterior, en otro acto de incomprensible ceguera, firmara un acuerdo naval con la Alemania hitleriana, lo cual le valió un temporal distanciamiento de Francia.
EL MAS PODEROSO DE LA HISTORIA
La recuperación renana significó para Hitler remontar su prestigio personal en Alemania a cimas insospechadas (su anuncio en el Parlamento provocó una histeria colectiva nunca antes vista) cuando lo contrario, el repliegue por una acción militar francesa, le hubiera significado un enorme desprestigio entre el pueblo y también en el seno de las Fuerzas Armadas, especialmente en el Ejército, por considerar que la acción era un peligrosísimo aventurerismo.
No es arriesgado afirmar que Renania contribuyó asimismo, y nos apoyamos ahora en la correlación de fechas, al estallido de la Guerra Civil española. Los generales Sanjurjo y Franco intentaron en julio de 1936 el golpe de Estado contra la República, sólo cuatro meses después de la ocupación por la fuerza de la zona desmilitarizada, que confirmó la extrema debilidad de las dos potencias democráticas que, sin embargo, si eran muy fuertes para mantener al hilo sus imperios en Africa, Asia y América Latina. La cruenta guerra fratricida en España confirmaría aún más el absoluto repliegue y cobardía de Inglaterra y Francia, ya puestos de manifiestos en 1935 con el indigno acuerdo Hoare-Laval favorable a Mussolini tiempo después de la invasión a Etiopía (Abisinia).
¿Cuál no sería el efecto sicológico de Renania en el pueblo alemán si ya antes de la ocupación Hitler era visto en su país como un semidiós. No existe en los seis mil o más años de Historia un gobernante que haya disfrutado como él de un poder tan absoluto. Su inmensa megalomanía estaba si no satisfecha al menos muy bien compensada, igual que su tremendo narcisismo, fruto de su antigua inseguridad y de las diferentes manifestaciones neuróticas que padecía crónicamente, como las frecuentes histéricas rabietas. Hitler hubiera podido permanecer en el poder, sin ningún problema, hasta su muerte natural. Pero su obsesión de enfermar y morir repentinamente restaba toda importancia a la autoridad sin límites que disfrutaba, y que hubiera más que satisfecho a cualquier político normal. ¿De qué le servía la inmensidad que tenía si estaba convencido de estar condenado a perderla súbitamente? ¿Por qué entonces no traspasar todos los límites de la cordura, muy poca en su caso, a través de la guerra y morir como un héroe de la mitología germánica o como uno de los míticos personajes de su admirado, reverenciado y amado Richard Wagner, en cuyas óperas se combinan la traición y el heroísmo?
Hay autores que señalan que Hitler, como cualquier otro caudillo militar en la Historia, nunca se hubiera detenido ante ninguna conquista. Esto es un sofisma, una racionalización sin fundamento. Los grandes conquistadores han sido sobre todas las cosas caudillos militares. Alejandro, Julio César, Gengis Kan, Napoleón, etcétera. Fue a través de su genio militar que alcanzaron las cumbres históricas. Hitler no era militar, era un simple cabo y su ascenso al poder fue por la vía política, de su extraordinaria capacidad oratoria e histriónica y también propagandística. Cierto es que más tarde exhibiría grandes intuiciones militares de orden estratégico (Francia y no replegarse en Rusia en el 41-42). Pero cuando creyó ser el más grande estratega militar de todos los tiempos, cometió en la comandancia del Ejército, que también usurpó, errores de bulto de naturaleza táctica, también estratégica (Stalingrado no fue el único), que para fortuna de la Humanidad aceleraron su propia ruina. Pero esta cuestión es ajena a nuestro trabajo. Sólo hemos hecho esta consideración en respaldo de nuestra hipótesis.
Continúa la próxima semana.
A Hitler se le zafa el loco; espanto entre los jefes militares.





