El jueves último un hombre de 50 años ultimó a su concubina, los dos
hijos menores de ambos y después se suicidó en la provincia de Santiago
(Norte) por razones aún indeterminadas.
Ls habituales versiones afirman que el hombre era violento y había
amenazado a su pareja con ultimarla a ella y a los dos hijos de ambos
si rehusaba volver a la relación.
En el bolso de mano de la mujer fueron encontradas sendas sentencias de
la Oficina de Protección a la Mujer por no pasar manutención y otra que
la instruía mantenerse alejada del hombre.
La magnitud del hecho trascendió el morbo habitual y conmocionó a la
población pero por poco tiempo, ya que horas después las autoridades
encontraron muertos a cuchilladas en su apartamento de esta capital a
tres ciudadanos de Taiwán.
Las primeras conjeturas sobre robo fueron descartadas por testimonios
de vecinos según los cuales vieron salir de la vivienda a un
compatriota de las víctimas.
El esposo de una de las víctimas declaró que un compatriota tenía
relaciones con otra de las mujeres asesinadas lo que ha puesto a las
autoridades en persecución del sospechoso.
Anoche, mientras la policía completaba las pesquisas sobre ambos
asesinatos en serie, un oficial de la Marina de Guerra extrajo su arma
de reglamento e hirió a cinco personas durante unas fiestas patronales
en la provincia de Jimaní.
El frenesí agresivo del hombre sólo se detuvo cuando resultó herido por otro militar.
Nadie ha podido facilitar razones para la furia homicida del oficial, que se encuentra detenido.
Los tres hechos son un botón de muestra de la agresividad latente en
las calles dominicanas, complicada por un alto nivel de analfabetismo y
el culto a la filmografía que presenta la violencia como solución de
los conflictos.
Eso sin contar los atracos que terminan en asesinato, la epidemia de
accidentes de tránsito por conducción temeraria, los arrebatos de
bolsos y los linchamientos de asaltantes capturados in fraganti,
algunos de los cuales terminan muertos a garrotazos en plena calle.


