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MEMORIAS

Ejecución inesperada; orden de disparar provoca gran corre-corre


Por Alejandro Vilela G.
Periodista / Experto en Política Internacional



viernes 19 de marzo de 2010, actualizado

Ascendía y ascendía por aquella penumbrosa, tortuosa y húmeda escalera de caracol de una vetusta edificación colonial de la fortaleza La Cabaña, en La Habana, Cuba. Arriba, al término de la ascensión, lo presentía, me aguardaba muchísimo más que una antiquísima azotea, en aquella noche muy fría de finales del mes de enero de 1959. ¡Y no me equivocaba! Esperaba por mí, a los 21 años de edad, una dramática experiencia que la mayoría de los mortales, no importa la edad y el lugar, no vivirá jamás.
Alejandro Vilela G.
Alejandro Vilela G.
Por una callejuela como ésta, o ésta misma, me dirigí una noche hacia una muy dramática experiencia.
Por una callejuela como ésta, o ésta misma, me dirigí una noche hacia una muy dramática experiencia.
La Cabaña ocupaba una gran superficie; fue la mayor fortaleza construida por el imperio español en las Américas.
La Cabaña ocupaba una gran superficie; fue la mayor fortaleza construida por el imperio español en las Américas.
La Cabaña ocupaba una gran superficie
La Cabaña ocupaba una gran superficie

¿Qué o quién me había conducido a semejante predicamento? Minutos antes me hallaba cubriendo periodísticamente para Radio Reloj y CMQ el juicio a un acusado de crímenes del batistato, en el amplio salón del Club de Oficiales del recinto militar. Los procesos, recién comenzados, habían sido anunciados poco tiempo antes en una conferencia de prensa efectuada en el Hotel Nacional de La Habana; rueda de prensa a la que asistí y que había presidido el capitán del Ejército Rebelde Miguel Angel Duque Estrada, jefe de Auditoría  de La Cabaña y a quien había conocido en la escuela de Periodismo, si mal no recuerdo.

UNA SORPRESIVA CONFIDENCIA
Pero, volvamos al Club de Oficiales. Se me acerca aquella noche, con sigilo y discreción, mi buen amigo Delio Valdés, moreno de gran corpulencia y tremendo fotógrafo de prensa del diario matutino de media mañana El Crisol. Me conduce a un aparte para comunicarme que muy pronto se va a efectuar la primera ejecución por fusilamiento en La Cabaña, y me pregunta si quiero acompañarlo. Le replico que no es posible porque no hay aún ningún condenado a la pena capital. Su respuesta: no se trata de reo alguno del batistato sino de un capitán del Ejército Rebelde de apellido Santisteban, acusado de un grave delito y condenado a muerte por un consejo de guerra al que no habían tenido acceso los periodistas. Me asegura que su fuente es de entero crédito.

Abrigando todavía cierta duda, decido acompañar a Delio. Fue así que llegamos a la escalera de caracol y a través de ella a la muy amplia azotea de aquella sección de la fortaleza. Delio llevaba colgando al pecho su cámara fotográfica, la cual, según creo, podía tirar fotos sin necesidad de flash. Nos tropezamos en seguida con un espectáculo inusitado: la presencia de numerosos soldados rebeldes. Todos en el más completo silencio, y todos tendidos boca abajo en los grandes aleros o salientes que, una vez cruzadas las murallas almenadas, se abrían al abismo, permitiendo una visión de lo que acontecía 10 ó 15 metros más abajo.

Nuestra llegada no provocó ninguna reacción adversa entre los soldados, en realidad estaban curioseando. Delio y yo decidimos buscar un espacio en alguno de los aleros para tendernos también y poder ver lo que estaba sucediendo allá abajo y que suscitaba tanta curiosidad. Tuvimos que separarnos.

TESTIGO DE LO INOLVIDABLE

    Nunca olvidaré, mientras vida tenga, las visiones en rápida sucesión que me aguardaban al mirar abismo abajo, al denominado foso de la fortaleza, según aprendería esa misma noche. Lo primero: un pelotón de soldados, fusil en mano, formados a lo ancho y relativamente próximos a una alta pared que alumbraba una sola y no muy potente bombilla que colgaba de un cordón eléctrico.

Aquella pared era el paredón de fusilamiento y en una callejuela que se abría a la derecha descansaba en el piso un ataúd. Un oficial rebelde y un sacerdote de blanca sotana completaban el tétrico espectáculo. Llega entonces, sin que hubiera transcurrido mucho tiempo, una camioneta militar. Descienden de ella tres hombres. Todos jóvenes. Uno es el condenado y los otros dos son sus custodios. Se encaminan a la pared. Se les une el sacerdote que, sabría más tarde, era el párroco de la iglesia de Casablanca, barrio ultramarino de la capital.

Los custodios se retiran. El sacerdote se acerca al reo y le habla, en tanto que el pelotón de soldados se pone en atención. El sacerdote se retira a una distancia prudencial en sentido diagonal, se detiene y levanta en dirección del condenado un Crucifijo de plata. Suenan entonces las voces de mando que imparte el oficial: "Preparen, apunten, fuego". Al unísono con la descarga, el condenado se desploma de rodillas. Todas las balas lo han alcanzado en el pecho, ninguna en la cabeza. Se le acerca entonces el oficial que dirige la ejecución y le propina el tiro de gracia. El cuerpo ya inerte se estremece.

No sabría describir ahora las emociones que me estremecían y arropaban. Como reportero de policía había visto mucho, muchísimo, es verdad, pero nada comparable a esto. Me sentía muy confuso, perplejo, como hipnotizado. No podía quitar la vista de lo que sucedía allá abajo. El cadáver fue cargado,  conducido al ataúd y llevado después a la camioneta. De mi atolondramiento, de mi alelamiento, me sacó un grito estentóreo: "Disparen a la azotea, hay mucha gente allá arriba".

El instinto de conservación se impuso sobre todo lo demás. Reaccionando como un bólido y hallándome en una excelente condición física, me incorporé y salté como un lince sobre el almenado muro, corrí hacia la escalera de caracol con una multitud de soldados que corrían igual que yo, sin que escasearan los mutuos empellones, la bajé velozmente, salí a la calle y procedí a limpiar de tierra y musgo el saco y los pantalones. Deseo acotar que no se produjo un solo disparo, que la orden del oficial no fue más allá de una hábil estratagema  para castigar a los curiosos.

QUIEREN ARRESTAR A DELIO
¿Dónde estaba Delio? Pensé que su corpulencia lo había rezagado. Mientras esto pensaba vi que se acercaba caminando, en compañía de varios soldado, el capitán Duque Estrada. Cuando llegó junto a mí me preguntó sin ninguna cortesía qué hacía yo en aquel lugar. Le respondí que estaba cubriendo un juicio que se ventilaba del otro lado de la calle, lo cual era cierto en cuanto a la ubicación, y que había salido a fumar un cigarrillo. Por supuesto que no me creyó y me dijo que yo estaba en la azotea. Mi negativa de nada sirvió porque en ese mismo instante apareció Delio Valdés jadeante en el umbral de la escalera de caracol. Al tiempo que le exigía la cámara para ocupar la película, el oficial le dijo con irritación que estaba preso por infringir no sé que ordenanza o disposición.

La repentina e inesperada situación sólo me ofreció la alternativa de confesarle a Duque Estrada que yo también estaba en la azotea y que si detenía a Delio me tenía que arrestar a mí también, y que nuestro único delito había sido cumplir con nuestro sagrado deber de periodistas. Duque Estrada se fue serenando y todo concluyó en una espesa catilinaria de su parte y de la nuestra la promesa de no repetir la experiencia sin el permiso correspondiente. Este episodio contribuiría posteriormente a suavizar en gran medida algunas restricciones impuestas a los periodistas por la jefatura militar.

De regreso al Club de Oficiales llamé por teléfono a la Redacción para dar la noticia del fusilamiento con todos sus detalles. Se trataba de la primera ejecución que tuvo efecto en La Cabaña, en 1959, el año del triunfo de la Revolución.
Al terminar aquella inolvidable y estresante jornada de trabajo, mientras regresaba de madrugada a mi casa conduciendo mi automóvil, me vino a la mente la frase de una de las más insignes figuras de las letras alemanas, si no la más grande, el poeta Goethe, tan admirado por Napoleón desde su lectura de Werther cuando era sólo Bonaparte: "Vida, qué quieres de mi que me llevas por tantas escuelas diferentes".

    Y sin yo siquiera sospecharlo entonces, ¡me faltaban aún todas las escuelas fuera de Cuba!




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