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Hay muchos capítulos oscuros en la trayectoria del músico, sobre todo
en lo relacionado con su misteriosa vida íntima y las acusaciones de
propasarse con niños que invitaba a sus residencias. Asuntos resueltos,
se sospecha, con cheques multimillonarios.
También la historia edulcorada de su padecimiento de vitíligo, que en
el fondo escondía su deseo de cambiar gradualmente de raza hasta
convertirse en el híbrido de una persona de origen negro con rasgos de
blanco.
Dos matrimonios muy dudosos y por supuesto bastante mediáticos, con
Lisa-Marie Presley, la hija del desaparecido rockero Elvis Presley, y
la enfermera Deborah Rowe, al final madre de dos de sus hijos.
Un tercer heredero engendrado a partir de su esperma con una madre de alquiler, según dijera hace algún tiempo.
Para no variar en torno a un personaje tan excéntrico, su muerte a los
50 años de edad llega acompañada de enigmas y otra vez el poder
demoledor del dinero trata de mostrar un final lleno de agujeros negros
y dentro de un mar de especulaciones.
A partir de ahí, la máquina de dinero que fue Michael Jackson desde que
se mostró como niño pródigo con los Jackson Five, sigue regalando
cuando menos protagonismo.
Políticos, ministros, luchadores por la paz, científicos, artistas y
admiradores. Unos con sinceridad y dolor, en reconocimiento a una
figura indiscutible de la música universal, pero otros en el
oportunismo del momento.
En lo personal, me permito decir que Michael Jackson es ineludible en
la historia del arte del siglo XX. Su voz se hizo imperecedera desde
que surgió como la revelación de aquel grupo familiar de niños.
Luego, aunque más concentrado en el espectáculo que la interpretación
vocal, descolló en dos momentos extraordinarios de su carrera, con
Moonwalk y su famoso baile asesorado por el mimo francés Marcel
Marceau, y con Thriller.
De todas formas, me quedo con Got to be there, de 1971, cuando era todavía un jovencito.



