Hay que mantener separados medioambientalismo y ecologismo, y defiendo la opinión, no sólo porque ambos difieren en grado, sino también en especie. En otras palabras, hay que mantenerlos separados por las mismas razones que se deben mantener aparte liberalismo y socialismo, o conservadurismo y nacionalismo. Esto puede parecer controvertido porque la opinión habitual es que medioambientalismo y ecologismo pertenecen a la misma familia, siendo el primero simplemente una manifestación de la preocupación por el medio ambiente menos radical que el segundo.
Por lo que se refiere a la primera característica, y en la situación de mantener separados ecologismo y medioambientalismo, es importante hacer hincapié en que, sea cual sea el problema afrontado por cualquier ideología dada, será analizado desde el punto de vista de alguna característica fundamental, y necesaria de la condición humana, y no desde la perspectiva de las características contingentes de las prácticas sociales particulares.
En nuestro caso, el ecologismo indicará que la lluvia ácida no es simplemente el resultado de no fijar suficientes filtros de dióxido de carbono en las chimeneas de las centrales térmicas que funciona a carbón, sino más bien que es síntoma de una mala lectura de las posibilidades (o, más exactamente en este caso, restricciones) inherentes a la condición de una comunidad biótica (de cualquiera de los factores de influencia que los seres vivos ejercen entre sí) y no biótica interdependiente. Esto discrepa de la condición humana.
En nuestro caso, el ecologismo indicará que la lluvia ácida no es simplemente el resultado de no fijar suficientes filtros de dióxido de carbono en las chimeneas de las centrales térmicas que funciona a carbón, sino más bien que es síntoma de una mala lectura de las posibilidades (o, más exactamente en este caso, restricciones) inherentes a la condición de una comunidad biótica y no biótica interdependiente. Esto discrepa de la condición humana.
De otro lado, en medio del revoltijo de entusiasmo por la gasolina sin plomo y el consumismo verde, a menudo se olvida que la piedra angular de la política verde radical, es la creencia de que nuestra tierra finita pone límites al crecimiento industrial. Esta finitud, y la escasez que implica, es un artículo de fe para los ideólogos verdes y proporciona el marco fundamental dentro del cual se puede dibujar cualquier supuesto cuadro de una sociedad verde.
El principio rector de una sociedad así es el de sustentabilidad, y el acento sobre la finitud, y lo cuidadoso al respecto es la tesis de los límites de crecimiento, así como las conclusiones éticas que se han de extraer del ecocentrismo. Ha resultado más fácil delimitar qué se va a desechar y qué se considera necesario defender.
El ecologismo se puede comparar y contrastar provechosamente con cualquier otra de las diversas posturas político-ideológicas, y recientemente se han abierto algunas líneas interesantes de investigación.
Por lo indicado, hay que tener claro una sociedad sustentable y de que hay límites naturales para lo que podemos hacer y signos naturales respecto a cómo debemos vivir. La buena política, desde este punto de vista, es una cuestión de adaptación por nuestra parte a un designio y no de crear tal designio nosotros mismos. Porque los derechos naturales, los derechos humanos y el movimiento verde han visto como el mejor modo de generar un derecho para el medio ambiente y la consiguiente obligación moral para nosotros de tratarlo con respeto la Tierra.







