Ya desde los tiempos bastante distantes en que la doctora Ivelisse Prats de Ramìrez ocupaba la cartera de Educaciòn, se habìa detectado la presencia de vendedores de drogas merodeando alrededor de las aulas de diferentes liceos. En una època posterior, se llegò inclusive a correr la noticia de que los narcos estaban utilizando caramelos conteniendo ingredientes adictivos para enviciar desde temprano a menores de edad.
Entre la època a que hacemos referencia y el presente, el problema de las drogas se ha acentuado de manera muy significativa en nuestro paìs. No nos referimos solo a que se ha incrementado de manera notable el tràfico de estupefacientes usando como corredor el territorio nacional para abastecer el pròdigo mercado estadounidense, y màs recientemente el tambièn atractivo del Viejo Mundo. Hoy, los carteles internacionales que nos usan como vìa de trànsito, no van ùnicamente en busca del dòlar sino tambièn del cada vez màs valorizado euro.
Pero si es grave el que estemos sirviendo de trampolìn del comercio de sustancias ilegales, tanto o màs resulta que un volumen significativo de las mismas se va quedando entre nosotros. Es una situaciòn que se atribuye a que los carteles los que trasiegan pagan en especie parte del peaje por las complicidades locales. Esto obviamente ha incrementado tambièn de manera notable la cantidad de adictos, en particular jòvenes y no pocos menores de muy escasa edad, muchos de los cuales pasan a integrar la red de distribuciòn en nuestro mercado para poder satisfacer su vicio.
Ayer la droga era casi un producto de èlite. Un vicio costoso solo al alcance de gente de alto nivel de recursos. Hoy, en cambio, el mercado local se ha masificado. Ya la droga està metida en todos los estratos sociales. Desde los sectores màs encumbrados hasta los barrios marginados. De ahì los miles puntos de venta de marihuana, cocaìna, crack, èxtasis y hasta heroìna que se encuentran en pràcticamente todos los rincones geogràficos del paìs. Y tambièn las pandillas juveniles que son las que en mayor medida han pasado a controlar la distribuciòn y que en ocasiones, bien provistas de armas, protagonizan sangrientos enfrentamientos por el control de los sitios màs atractivos para el negocio.
El propio Presidente de Hogar Crea Dominicano, Leopoldo Dìaz, ha estado emitiendo reiteradas señales de alarma sobre la cantidad de jòvenes y la edad cada vez màs temprana, niños de hasta menos de diez años, que son acogidos en sus casas de rehabilitacion con la finalidad de desintoxicarse y sacudierse el cautiverio de las drogas.
Las escuelas por tanto, no podìan quedar al margen del interès de los narcos. ¿Què otras canteras tan propicias como los planteles escolares para reclutar adictos y de paso, mulas y distribuidores, entre muchos jòvenes inexpertos, en su gran mayorìa provenientes de hogares humildes y en muchos casos inexistentes o desintegrados, que estàn ganados ademàs por el afàn consumista y la tentaciòn de los falsos placeres?
Se trata de un problema grave por màs que reiteramos, no es precisamente nuevo aunque sì cada vez màs extendido y agudo, pese al esfuerzo que despliegan las autoridades antidrogas por lo general con muchos menos recursos que sus peligrosos y cada vez màs agresivos enemigos.
Oportuno por tanto, que la profesora Cabrera haya refrescado el tema. Y mucho màs si al margen de obvias diferencias polìticas, las autoridades la acogen para incrementar los niveles de prevenciòn y seguridad en las escuelas, no solo ya desde el àngulo represivo. Tambièn, quizàs con mayor y màs positivo ènfasis, en el cuidado que pongan los padres en el comportamiento de sus hijos y las orientaciones que puedan brindar los profesores sobre este tema, advirtiendo a sus educandos los riesgos que comporta la involucraciòn en los estupefacientes, tanto en la adiciòn como en la distribuciòn.
Porque hoy por hoy, no nos cansaremos de repetirlo, la droga constituye uno de los màs grandes retos de seguridad y estabilidad que encara la sociedad dominicana.







