Pero, ciertamente, no todos los que aparentan ser idiotas lo son; algunos, definitivamente, se hacen los idiotas, para hacer o dejar de hacer ciertas cosas que con una mente lúcida estarían en la obligación de cumplir o dejar de cumplir.
Así, para algunos políticos, el pueblo, llámese conglomerado ciudadano o conglomerado social, es idiota, sea por herencia, sea por desnutrición, sea por la falta de instrucción necesaria. Consideran que para mantener sus posiciones y satisfacer sus aspiraciones necesitan que la población se mantenga en ese grado de falta de conocimiento y, por eso, no invierten, cuando tienen la oportunidad desde el poder, lo necesario para que la educación avance y hayan ciudadanos más conscientes de la realidad que viven.
El que usted se haga el idiota cuando recibe dinero del erario público sin trabajar, es comprensible, pero no deja de ser un acto típico de estupidez, pues ese dinero faltará en algún lugar donde, realmente, era necesario; tal vez, en un hospital público para atenderle a usted mismo o para comprar pupitres para que en las escuelas públicas se sienten sus hijos o, tal vez, faltaran para pagar un buen sueldo a los policías y una buena preparación para que éstos puedan prevenir la delincuencia y salvaguardar los bienes públicos y privados.
Que usted se haga el idiota y, por lo tanto, de la vista gorda, cuando un compañero de partido viola, claramente, la Constitución de la República y las leyes del Presupuesto de la Nación, usurpe funciones constitucionales del Congreso de la República, llame a su despacho a un Juez de la Suprema Corte de Justicia, en un momento en que ése poder del Estado trata un caso de inconstitucionalidad en contra suya, no es comprensible.
¿Por qué no es comprensible? Pues, simple, usted tiene un deber con su partido, es cierto, tiene un deber con su compañero, incluso, hasta puede ser su amigo; pero, usted tiene un deber mayor con la República, con sus hijos y nietos que seguirán viviendo en el lar patrio después que con su "compañero o amigo" desaparezcan del escenario terrenal.
Sería, sin duda, el acto más grande de idiotez que, sabiendo lo que aquí pasó con Pedro Santana, con Buenaventura Báez, con Ulises Heureaux (Lilis), con Rafael Leonidas Trujillo, continúe brindado su apoyo, por razones económicas, a una persona capaz de destruir toda una nación y los sustentadores de la democracia, como los partidos políticos contrarios, en una acción puesta en marcha con el fin ulterior y único de perpetuarse en el poder.
Y si no tiene razones económicas, peor aún, pues con ello tendrá que explicarle, primero a su conciencia y, luego, a sus hijos y nietos, por que tomó una decisión que llevará a la Nación y su democracia, a arrodillarse, nuevamente, ante los pies de un tirano que se coloca por encima de la Constitución, las leyes adjetivas, el Congreso y la Suprema Corte de Justicia.
En este escenario, se observa que ratificar el estado actual de las cosas sería dar una estocada mortal al respeto de los derechos civiles, consagrado en el artículo 8 de la Constitución pues si, contrario a la Carta Magna, el Presidente puede usurpar funciones del Congreso, entonces, podría violar nuestros derechos civiles, ya que la Constitución de la República no tendría valor como carta sustantiva sino que el Poder Ejecutivo saltaría como el único poder real del Estado y todos y todas deberíamos someternos, sin libertad para la disensión, a cualquiera que sea su decisión.
El ciudadano tiene en sus manos una gran decisión, pues ha llegado la hora de que, como todo el pueblo, demuestre quien es, realmente, el gran idiota: Los votantes o aquéllos, los manipuladores.







