No hay formas de fortalecer este sistema de partidos que se deteriora a pasos agigantados sin una ley electoral más amplia, más clara, con reglas de juego mejor definida, que condene enérgicamente las actitudes inmorales de los partidos y sus dirigentes y ponga un dique de contención a todos aquellos que aspiran a ocupar puestos gubernamentales y a dirigir el Estado sin reunir las condicionales morales y sin tener la vocación de servicio para servir a su pueblo. Urge legislar para darnos una moderna ley electoral que contemple la obligatoriedad del voto, que sancione drásticamente el uso de los recursos del Estado en las campañas electorales, que exija mayores condiciones en el sentido amplio de la palabra a quienes aspiren a dirigir el Estado, que haga obliglatorio el debate entre los candidatos con reglas claras de respeto, que censure los spot publicitarios contrario a la buena costumbre y a la moral, en fin crear un marco legal diáfano, respetable, drástico, sí drástico que garantice que el mundo no se va acabar en un proceso electoral, que debe ser una fiesta de la democracia. Ahora bien, ante el escándalo de las nominillas, y la postura asumida por la Junta Central Electoral, se evidencia que las reglas de juegos no están claras y ésto lo confirma el que el Partido de la Liberación Dominicana elevara o intente elevar un recurso de inconstitucionalidad a la resolución emitida por alto tribunal. El panorama electoral ha puesto al desnudo todas nuestras debilidades institucionales. El auge del transfugismo y la compra de dirigentes políticos a todos los niveles, obliga que se actualice la ley electoral a la luz de nuestras realidades evidenciadas en este tortuoso proceso electoral. La democracia dominicana está en juego, el sistema de partidos languidece, los dominicanos pierden la Fe, y desde luego su indignación los lleva a ilegitimar sus gobernantes. Ojalá y quienes reformen la ley electoral se revisen el diálogo entre Sócrate y Glaucón, en el cual se pone de manifiesto la incapacidad de Glaucón en asuntos de Estado, y Sócrate le convence de que por encima de sus deseos él no estaba capacitado para servirle al Estado porque no lo conocía. Ahí está la moraleja. El que tenga oídos que escuche. Mientras tanto, un nuevo Chávez nos contempla desde los cuarteles. He dicho







